Día: 14 de julio de 2020

  • El último día

    El último día

    Me despertó una voz del otro extremo que se quejaba por la falta de espacio. —Claro que te falta espacio— pensé —¿Acaso estamos aquí para vivir cómodos?—

    No lo dije porque todos parecían dormidos y yo estaba muy atontada para decir cualquier cosa.

    Estaba en ese trance cuando sentí que algo pasaba.

    No era solo sensación mía. Todos escuchábamos lo mismo. Un sonido plástico casi ensordecedor y un brillo, un halo, no sé. Un horizonte de luz blanca que nos cegó por completo. En momentos como ése uno se bloquea, no sabes qué pasa ni qué sientes. Lo siguiente fue un calor tenue que me rodeaba. Todo ocurría muy rápido y estaba confundida. De repente el tiempo volvía a correr, el calor tenue se convirtió en algo más intenso; una presión muy fuerte, que sumada a mi angustia era casi insoportable. Apenas pude abrir los ojos y darme cuenta de los colores y formas. Estaba en la calle. Vislumbré algunas personas pasando, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Hacía frío, pero yo no podía percibirlo. Al cabo de varios segundos empezó a llamarme la atención una voz femenina muy chillona; hablaba de un Julián, llevaba días sin llamarla. La otra voz era grave, masculina, pausada y profunda. Hablaba poco. Decía lo justo. Por alguna razón esa conversación ajena me tranquilizó. No me interesaba nada de eso, por supuesto, pero dejé de pensar en lo que me estaba sucediendo.

    Por un instante ambas voces cesaron. Fue entonces cuando un sonido áspero y muy cercano me hizo voltear. No tuve tiempo de nada cuando un correntazo me recorrió de repente. El ambiente se llenó de un olor amargo y mi vista se nubló. Sentí un ardor repentino que sorpresivamente no me molestó, era casi agradable. Me relajé un poco. Empecé a disfrutar de lo que estaba pasando, incluso del miedo, de la incertidumbre, y a dejarme llevar. El olor, el frío y el calor simultáneos se convertían en algo placentero.

    Me concentré en la presión que hacían sus dedos sobre mi piel. Dejé de sentirme agobiada y su tacto, aunque torpe, no parecía nervioso en absoluto, al contrario, parecía que sabía exactamente lo que hacía. Me acostumbré rápidamente al calor de sus manos y a su olor que, mezclado con el humo amargo, me sumía en una especie de trance. En el mundo sólo estábamos los dos.

    Percibí un calor húmedo que se volvía cada vez más intenso; era su aliento. No tuve tiempo de pensarlo, cuando sus labios ya me habían rodeado; nunca había sentido algo semejante, el calor seguía subiendo, esta vez me recorría por dentro, apenas podía pensar. Intenté respirar, pero no lo logré. Casi de inmediato sus labios me rodearon nuevamente. Nunca imaginé sentir algo similar. Caí en un éxtasis profundo donde lo único que existía era aquella sensación deliciosa que se repetía por instantes; cada vez más intensa, pero más corta.

    Entonces escuché su voz. Traté de recordar si estaba hablando desde antes, pero no estaba segura, en todo caso no era conmigo. Fue cuando me alejó de golpe y escuché de sus labios un suspiro breve, parecía una despedida y de repente un golpe seco, metálico. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Cuando abrí los ojos me di cuenta que ya no estaba; a mi alrededor solo había cenizas. Me sentía tan débil. Quise morir. ¿Para qué seguir existiendo si ya lo había vivido todo? Me lamentaba, lloraba, suspiraba… Cuando escuché un murmullo de alguien que pensaba igual; se decía a si mismo que no tenía sentido seguir y me sentí una idiota.

    No necesité demasiado esfuerzo para salir de ese escenario deprimente; me bastó con esperar unos minutos a que alguien tropezara con aquel armatoste de metal para dejarme caer en la acera. Rodé con la brisa. En poco tiempo el ruido, el frío y la aspereza del suelo se volvieron insoportables. La calle estaba llena de gente que más que caminar, corría; se tropezaban entre sí, parecían ir todos retrasados. Pensé que él podría estar en esa multitud, pero cómo saberlo. No podría reconocerlo de nuevo.

    Me entró una angustia enorme por moverme más rápido y evitar ser atropellada o pateada; no tuve éxito. Era pequeña, insoportablemente insignificante. Por tratar de evitar un escupitajo en el que caería, terminé en una alcantarilla. Eso fue lo que deduje que era, porque me encontré flotando en un agua espesa y mal oliente junto a un par de envolturas de dulce y algunos compañeros que habían sufrido el mismo destino. No me quedaba mucho tiempo… lo tenía claro. Mi destino era morir ahogada o de frío… quizás ya había muerto y simplemente no lo sabía.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 6/12

    Autora: Karina Barragán

  • Señora, ya puede conocer a su hijo…

    Señora, ya puede conocer a su hijo…

    ¡Esta era la frase más esperada de los últimos días y hoy por fin la enfermera la estaba pronunciando! Me dispuse a levantarme de la cama lo más rápido que podía para acomodarme en la silla de ruedas que habían dispuesto para mí. Me sentía aún algo torpe y mareada, seguramente por las noches sin dormir y los medicamentos que estaba recibiendo para controlar mi presión luego de la cesárea. Conforme atravesaba el largo y desolado pasillo del hospital, mi ansiedad iba creciendo, una mezcla de alegría, impaciencia y temor se iba apoderando de mi cuerpo, mientras mi mente seguía repasando de forma insistente los recuerdos de los últimos meses buscando una razón: ¿Qué es lo que había pasado? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué fue lo que hice mal?

    Unos días antes me encontraba asistiendo a la cita de control prenatal correspondiente a la semana 36 de mi primer embarazo, a la edad de 33 años. Era lo que en el argot médico se conoce como una “mamá añosa”, y, en definitiva, esa había sido mi decisión, yo elegí (como tantas otras mujeres), cumplir varias metas académicas, personales y profesionales antes de experimentar el rol materno. ¿Será acaso que esa elección ahora me estaba pasando factura? En esa cita luego de descubrir que algo estaba muy mal, el médico dispuso una cesárea de emergencia.

    La cirugía fue posiblemente uno de los momentos más intensos de mi vida. Dado que el tiempo era el factor determinante, no fue posible esperar a que la anestesia estuviera al 100% para que el médico empezara a cortar cada una de las cinco capas que se interponían entre mi bebé y el mundo. El dolor ya no me importaba, yo sólo quería ver a mi hijo, y saber que se encontraba bien. 20 minutos después extraían de mi algo que no alcanzaba a divisar pero que no emitía sonido alguno. En ese instante el médico me ordenó respirar lo más fuerte y profundo que pudiera, y así lo hice mientras lo escuchaba a él y a las enfermeras aplicar lo que asumí eran protocolos de reanimación. Fueron los 10 segundos más largos de mi vida, pero una vez transcurridos alcancé a oír un ligero gemido similar a un maullido. En ese momento los médicos cortaron el cordón umbilical e inmediatamente llevaron a mi bebé a la unidad de cuidados especiales, sin tan siquiera permitirme ver su rostro.

    De ese acontecimiento habían pasado ya tres días en los que no había podido tener contacto alguno con mi hijo, lo más cercano a él habían sido los reportes de los médicos respecto a su estado. Pero hoy finalmente la espera estaba por terminar. Por fin llegué a la unidad de cuidados neonatológicos, bajé de la silla de ruedas y al ingresar a la sala visualicé dos filas de cunas perfectamente alineadas e iluminadas por pequeñas lámparas que hacían que los rostros apacibles de las criaturas que en ellas se encontraban parecieran resplandecer. “Su hijo no está en esta sección, señora”. La enfermera parecía haber notado mi impaciente mirada recorriendo los reportes médicos que se encontraban al pie de las cunas buscando el nombre de mi bebé. “Acompáñeme por favor”, solicitó.

    Al final de la sala se encontraba una puerta de vidrio oscuro, la misma que al atravesarla me reveló el impactante contenido que celosamente guardaba; una serie de cajas transparentes a las cuales se conectaban tanques de oxígeno, sueros e instrumentos de control. Eran los repositorios de diminutos cuerpecitos llenos de cables y tubos que parecían no tener fin. “Solo podrá tenerlo durante 15 minutos”, me advirtió la enfermera mientras abría una de aquellas cajas y colocaba el minúsculo cuerpo de mi hijo entre mis manos. Llena aún de temores me dispuse a acomodar a mi bebé en mi pecho de la forma más delicada posible, podía al fin sentir su calor, su respiración y sus latidos, mientras intentaba grabar en mi mente cada partecita suya advirtiendo que luego de este momento pasarían varias horas más antes de volverlo a tener junto a mí.

    Sacudí mi cabeza tratando de no pensar en el después. ¡Por fin estaba con mi hijo! ¡Por fin lo tenía entre mis brazos! Mi pequeño estaba conmigo haciéndome consciente de lo importante que es vivir el presente y disfrutar de los momentos que realmente valen la pena. En ese instante pude comprender que toda la vida transcurrida hasta ese momento me había preparado para enfrentar esos 15 minutos, sin derrumbarme, ni dejarme devastar por la incertidumbre o el temor. A partir de ese momento, las lágrimas de tristeza se convirtieron en lágrimas de alegría, la incertidumbre se convirtió en fe, y la culpa se convirtió en compromiso; el compromiso de ser una mejor persona, para amar, cuidar y proteger eternamente a este pequeño guerrero que había llegado a mi vida en el momento preciso, no antes ni después, simplemente en el momento en el que tenía que llegar.

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 5/12

    Autora: Silvia Pesantes

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