Día: 25 de junio de 2020

  • Todo va a estar bien

    Todo va a estar bien

    Pronto, pronto, falta poco para llegar.  Espero que esté bien, hoy ha pasado la mayor parte del día solo. Esperanza tuvo que dejarlo temprano para hacerse cargo de su madre.

    Por fin. Llegué.  Me salto escalones para subir rápido, son solamente dos pisos, pero siento tan lejos su vivienda.  Llego hasta su puerta, toco el timbre y doy los 4 golpecitos a la puerta como él nos enseñó, 2 golpes fuertes y los otros 2 más suaves y seguidos (el mensaje de telegrama como en sus tiempos).  Respiro. Agitada, acerco mi oreja a la puerta, será más fácil escucharlo cuando esté cerca.  Me toma algunos segundos calmar mi agitación y empiezo a contar: un mil, dos mil, tres mil, vamos… que no escucho respuesta del otro lado… cuatro mil, cinco mil, seis mil, respiro profundo… siete mil, ocho mil, LISTO. Escucho el sonido del bastón al golpear con el antiguo piso de madera. Vamos, un paso a la vez, despacio… nueve mil, diez mil… ahora escucho deslizar sus zapatos con cada paso que da, respiro más aliviada… once mil, doce mil, trece mil, catorce mil… su mano llega a la puerta. ¡Bien! estamos sincronizados, no hemos fallado en nuestro juego en los últimos meses. Desliza su mano por la puerta hasta encontrar el seguro, lo gira con cuidado, abre la puerta y pronuncia mi nombre. 

    –¡Elena querida, eres tú! –

    Verlo y escuchar su voz calma mi agitación y preocupación del día.

    -He llegado.  Lamento que Espe te haya dejado temprano, su madre…

    –Sí, su madre necesitaba de ella. Va a estar bien. Ustedes las mujeres, tienen una magia para reponerse de todas las situaciones. Continuamente preguntaba eso a tu abuela a ver si me compartía su secreto. (Sonríe)

    -(Sonrío) La magia que siempre te tuvo encantado de mi abuela. 

    Lo guío de vuelta hacia el interior de la habitación, lo ayudo a sentarse en su sillón preferido. 

    -Abu, ¿qué tal estuvo tu día?

    –Querida, sabes cómo van mis días. Mis horas de sueño son cortas y desde temprano empieza mi trajín. Recorro por mis pensamientos y mis recuerdos, visito a amigos queridos, a la familia, sobre todo a algunos, que por situaciones imprevistas de la vida hemos perdido comunicación.  Me pregunto qué pasará con ellos, será que están ausentes por ocupaciones o por el olvido al que la rutina nos lleva. 

    -Ánimo, Abu, no te pongas melancólico.

    –Después de cierta edad, los pensamientos de un viejo no tienen futuro, por lo general son tristes y, si no tristes, melancólicos. Eso no es lo importante ahora…

    Hace una seña para que tome asiento junto a él.

     –Ven, toma asiento, acércate – Suavemente y con toda la ternura acaricia mi cara con sus manos temblorosas, queriendo aparentar una firmeza, lee con las yemas de sus dedos cada detalle de mi cara.  Sus manos, tan arrugadas, ásperas, pero al mismo tiempo tan cálidas, tan reconfortantes para mi estado de ánimo, intentan leer mis pensamientos cada vez que acaricia mi frente. Me da unas suaves palmaditas en las mejillas y respira profundo en señal de que ha terminado el ritual de saludo.  Esta vez algo cambia en su ritual, busca mis manos y las toma con firmeza. Viene la pregunta que no quería escuchar…

    –¿Qué te tiene tan triste querida?

    -Abu, ¿cómo logras saber cómo me siento con sólo pasar tus manos por mi cara?

    –Sabes que son mis ojos.

    -Pues… hoy tuve un día lleno de sorpresas con mis proyectos.  Me propusieron manejar el desarrollo de un proyecto, es un gran reto y eso me gusta, pero al mismo tiempo tendré que estar fuera de la ciudad por algunos días y con bastante frecuencia.  Sé que Espe estará pendiente de ti, así como los vecinos….

    –Estoy muy orgulloso de ti, tienes la misma dedicación que tu abuela, cada vez compruebo que heredaste su gen (Se acerca y me abraza).

    -Desde que puedo recordarte en mi niñez, me has enseñado que cada situación que trae la vida se la aplaca o se la celebra con un abrazo de alguien especial, creo que has sido muy afortunado al tener el don de reconfortar con abrazos a quienes hemos estado a tu lado.

    –Qué fuerte es el poder de un abrazo, ese don lo aprendí de tu abuela (suspira).  Hoy la visité, como casi todos los días, pero hoy fue especial, recordamos el día en que nuestras vidas cambiaron cuando su mente se quedó en otros tiempos y con el pasar de los días se fue apagando, sin embargo, nunca perdió esas ganas de vivir y de seguir enseñándonos a ser fuertes ante cualquier situación, siempre acompañada con una sonrisa.  Ella con frecuencia me recordaba que la vida cambia y que muchas veces creemos que la vida es inmutable, que una vez tomada una vía se la debe recorrer hasta el final. No tomamos en cuenta que el destino tiene mucha más imaginación que nosotros. Justo cuando crees encontrarte en una situación sin salida, cuando estás en el punto de llegar a la desesperación, todo cambia con la velocidad de una ráfaga de viento, se desordena y, de un momento a otro, te encuentras viviendo una nueva vida. Recordaba cómo el compartir mi vida con tu abuela fue algo que marcó mi rumbo, fue mi guía y admiración.  Su fortaleza y maravillosa sonrisa siempre ayudaban a sobrellevar cualquier dificultad y a celebrar cada alegría… Querida, entiendo y sé lo que sientes. Tú tienes mucho de tu abuela, ustedes y su magia nos dan fuerzas al resto. Yo estaré bien, cada vez pongo en práctica los consejos que tu abuela compartía, mira que hasta ya puedo prepararme la deliciosa sopa de pollo para los días fríos (suelta una gran carcajada).

    Todo va a estar bien…

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 5/12

    Autora: Soledad Anda

  • La madre pulpo

    La madre pulpo

    Una madre pulpo, en el Pacífico, pasa casi 5 meses incubando y protegiendo a sus 56.000 hijos. Guarda en una cueva a sus crías en proceso de crecimiento y se coloca en la entrada para protegerlos. Apenas come un par de crustáceos que pasan junto a ella durante este tiempo. Cuando sus bebés han crecido y ya tienen 8 bracitos que tratan de salir del cascarón, hace un esfuerzo y sopla dentro de la caverna para impulsarlos a salir al mar. Miles de pequeños seres salen alegres hacia la superficie, mientras ella expira mirando su obra maestra alejarse lentamente. Literalmente esta madre pulpo dio la vida por sus hijos. Leo esta historia y la medito mientras veo a mi hijo dormir. Sí, soy madre solo de un hijo y seguro daría la vida por él, pero tengo 56.000 proyectos más al mismo tiempo que cuidarlo y ayudarlo a crecer.

    Desde mis cinco años, he estado acostumbrada a hacer mil cosas al mismo tiempo. Entre piano, canto, danza, natación, colegio, inglés, tareas, entrenamiento de perros y familia, casi nunca tuve tiempo para saber lo que significaba tener tiempo libre. A mis 15 años ya era maestra de música y estaba lista para una experiencia de vida internacional. A los 17 viví en Chile manejando, por primera vez en mi vida, tanto tiempo de sobra, que empecé a descubrir otros talentos en mí como la pintura o las manualidades.

    A mi regreso, ingresé a estudiar medicina, pero había perdido el ritmo de tener una vida tan intensa. No fue fácil adaptarme a ese mundo nuevamente y terminé perdiendo dos materias. Era la primera vez en mi vida que me iba tan mal en algo y que no había logrado superarme a mí misma. Después de 3 años de muchísimas malas noches y de batallar con injusticias, cansancio y frustración, decidí cambiar de rumbo. Replantearme las posibilidades y, sobre todo, romper el plan que tuve desde siempre y entender que no todo plan es perfecto. De alguna manera, el estar haciendo mil cosas, pero de una sola área, no me hacía tan feliz. Quería volver a la música, a la labor social y a pintar por diversión y no por obligación, como cuando se trataba de hacer algún dibujo anatómico o algún corte histológico.

    Cuando ingresé a estudiar comunicación, mi mundo volvió a probar el aburrimiento y momentos libres. Esto me ayudó a redescubrirme y forjar un nuevo plan. En resumidas cuentas, trabajé y estudié al mismo tiempo, volví a la música, volví a pintar. Volví a la labor social y a tener tiempo para amigos, conciertos, películas y viajes. Descubrí que nunca perdí el tiempo pues me convertí en una especie de médico empresarial cuando me formé como comunicadora y estratega. Me di la oportunidad de replantearme nuevamente y dejé todo para irme a la madre patria. Quería descubrir lo que significaba vivir sola, morir sola de la pena o frustración y tener que levantarse y volver a luchar. Santiago de Chile es mi segundo hogar y Barcelona es el tercero. Esa ciudad es como yo, mil cosas al mismo tiempo, mil planes, mil posibilidades y jamás duerme porque tiene demasiado que mostrar al mundo.

    Cuando volví, el plan nuevamente dio un giro y encontré a alguien que muchas veces es peor que yo. Un hombre que nunca para. Toca cualquier instrumento que le ponen delante, canta, juega fútbol, hace marketing deportivo y labor social. La música fue el gol de la victoria en nuestra relación y fruto de 3 años de noviazgo, decidimos formar una familia. La locura llegó cuando, apenas dos meses después de la boda, teníamos bebé en camino. Mi hijo se llama Ignacio, es igual que sus papás, hace música, fútbol, pinta, canta y ama compartir con la gente. Tiene 3 años y cada día nos da una lección de vida, sobre todo a mí. Es un niño que mira a sus papás con asombro y que está acostumbrado a ver gente, escucharlos trabajar, salir a reuniones y actividades de los múltiples planes de sus papás y disfrutar de cada actividad.

    Ahora mi esposo y yo estamos estudiando el doctorado, trabajamos, somos maestros, hacemos labor social, somos amigos, hijos y padres, sobre todo padres. Mucha gente nos mira con asombro, sorpresa y hasta con envidia; pero a mí, a mi me llega una mirada diferente… En una sociedad como esta, en la que la mujer debe proteger a su cría, a su hogar, es totalmente extraño ver a una mujer que haga todo al mismo tiempo y que aparentemente lo haga bien. Recibo halagos y también preguntas con un juicio por detrás, pero mientras me dedico a disfrutar de ser quien soy y de lo que hago y junto a quienes lo construyo, no me queda tiempo para dar importancia a estos comentarios.

    Soy orgullosamente una mamá pulpo, y debo admitir que no es fácil serlo. A veces como el “crustáceo” que se pasa por mi lado, hamburguesa o ensalada, fruta o café, cualquier cosa que sea fácil y rápida de hacer, eso si el tiempo me permite almorzar. A veces no duermo por concluir con los 56.000 pendientes y sigo cuidando a mi hijo, a mi esposo y a mis mini proyectos con la vida; las ojeras no me molestan cuando se acaba un día con una sonrisa. Estoy segura de que, si Dios mañana me diría que debo dejar este mundo, me iría tranquila, viendo a mi obra maestra nadar hacia la luz, habiendo hecho 56.000 mil cosas que llenaron mi corazón de alegría. Quiero que mi hijo mire que en su hogar hay igualdad de condiciones y de oportunidades para hombres y mujeres, quiero que se sienta orgulloso de papá y mamá sin que exista ninguna diferencia de género. Quiero que esté orgulloso de tener una mamá que no solo es mamá, que es una mujer multifacética y feliz; que cuando sea grande, se encuentre a una chica pulpo que lo impulse a ser también un pulpo y que juntos cuiden sus 56.000 planes hasta que se hagan realidad.

    Muchas mujeres no quieren ser mamás pulpo, quizás por el miedo al fracaso. Yo, después de tener algunas caídas, ya no tengo miedo. Si tengo tiempo de vida, quiero hacer lo que me haga feliz y hacer felices a quienes están conmigo. Pues cada día que pasa estamos más cerca de la muerte, y si ese día llega y no hemos vivido las 56.000 experiencias que soñamos, nos iremos de este mundo sin haber sentido el orgullo de crear alguna obra maestra para admirarla, no tendremos nada en la mente mientras cerramos los ojos y dejamos de existir. ¡Hay que vivir, viviendo!

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 4/12

    Autora: María Elena Narváez