“¡Ya ahora sí, creo que está llegando! ¡Escóndanse todas, apuren!” Todas fueron corriendo a los sitios que antes habían acordado para que no se las vea.
“¡No! ¡ahí no María, ese es mi sitio! Ponte al lado de Andrea que ahí tienes mucho espacio. ¡No hagan ruido!”
“¡Ok! Preparadas, voy a abrir la puerta”. Dice solo moviendo la boca como si todas pudieran leer labios y entender.
“¡Sorpresa!” Gritan.
Un segundo después, Ximena dice: “No ha sido… es Neri que siempre llega tarde…” Todas vuelven al centro de la sala donde empiezan a conversar en espera de que por fin llegue el homenajeado.
Resulta que era el cumpleaños de Juan, y hace más de una semana que se estaba planificando la fiesta sorpresa ya que a final de cuentas Juan llegaba a los 40 y, considerando sus pasadas experiencias, era un evento digno de festejar.
“No sé cómo llegó a los 40 este niño con tantos accidentes a su haber”, decía Tere. “¿Te acuerdas cuando se cayó en la bañera de cabeza con apenas 4 años?”
“Cómo no me voy a acordar, si ahí quedó la cicatriz en la nuca que le cerramos con huevo crudo como se hacía antes”, contesta María.
“Sí y ahora dice que tiene el pelo largo por moda y es solo para que no se le vea el hueco que tiene en la cabeza que parece bola de billar despintada”, dice riéndose Andrea.
Y es que Juan había sido toda su vida de esos chicos que jamás tuvo ni gripe ni nada, pero la vida le repartió las cartas de las caídas y los golpes. Tanto así, que para cuando cumplía 8 años ya tenía a todos sus amigos y familiares llamándole “el remellao”, por tanta cicatriz que había acumulado hasta entonces.
“Bueno, lo bueno es que esos golpes le hicieron ver lo que quería hacer de su vida, y al final se hizo traumatólogo para ayudar a la gente de sus dolencias como las tuvo él”
“Cierto es eso María. Es increíble como a veces las cosas que parecen malas, terminan guiándote para algo bueno”, comenta Ximena.
“¿Pueden dejar de ponerse sentimentales y profundas y ver si hay suficientes chips? sino toca ir a ver… ni un ron y ya están hablando de la vida…” dice Andrea.
A todo esto, Juan no terminaba de llegar, y la preocupación se estaba apoderando de todas. No era normal que llegue tarde a nada y peor a su propia fiesta sorpresa, que probablemente ya sabía que se estaba planeando ya que Neri nunca podía callárselo.
Habían pasado poco menos de 10 minutos cuando de repente…
“¡Ding, Dong!
“¡Todos a esconderse! ¡Ahora sí, ésta es la buena!”
Se escuchan pasos por el corredor, una sombra se planta justo al otro lado de la puerta y antes de que toquen la puerta, ésta se abre de golpe y saltan todos: “¡Sorpresa! ¡Feliz cumple Juan! ¡Ya estás viejo!”
“Mamá… pero, ¿qué haces?”
“¡Hijo, felices 40! ¡Es tu fiesta sorpresa!”
“Pero mamá…si no es mi cumpleaños…”
“¡Cómo que no es tu cumple, si estamos todas aquí para celebrarlo!”
“Mamá…mira detrás de ti, no hay nadie…estás sola…”
Efectivamente, detrás no había nadie. La casa estaba vacía. En la entrada solo estaban 2 maletas que había dejado la cuidadora días atrás antes de irse a su casa al confinamiento. Juan, por culpa de las restricciones, no había encontrado vuelo antes y toda esta semana su madre había estado sola, por lo que había olvidado tomar su medicación.
“¿A dónde vamos?”
“A casa mamá, yo te voy a cuidar”
“Ah. Ok” dice sonriendo mientras mira el brazo escayolado de Juan. “¿Qué te pasó en el brazo?”
“Me caí de la bicicleta…”
Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 7/12
Autor: Diego Méndez.
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