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  • Alma viajera

    Alma viajera

    Cuando mis padres se casaron, mamá dio un giro a su vida. Como marino mercante, su esposo navegaba a lugares muy lejanos, por varios meses cada vez. Así que, para poder vivir como pareja, mamá renunció a su trabajo y se embarcó en los largos viajes junto a papá.

    Durante esos viajes, en la ruta Ecuador-Japón, fui concebida. Imagino a mi alma viajando millas sobre mar abierto para encontrarme…

    No tuve una infancia normal y eso me hizo muy feliz. Viajamos mucho en barcos cargueros hasta que llegó el momento de entrar a la escuela. Es extraño, me cuesta recordar lo que hice la semana pasada, pero no puedo olvidar algunos olores, el viento en mi cara, imágenes de ciudades nuevas y las locuras de mi hermano en esa etapa de nuestras vidas.

    Cuando entré a la escuela, desperté de mi maravilloso sueño. Papá tuvo que seguir trabajando lejos y mamá se quedó sola criándonos. Varios niños, e incluso maestros, no dudaron en encasillarme como una niña mentirosa. Una niña que decía que había viajado en barco a lugares muy lejanos y que su padre se encontraba en alta mar; cuando en realidad, de seguro, sus padres estaban divorciados y ella solo quería llamar la atención.

    Fue un cambio muy duro para mí. Quería volar por siempre. No necesitaba a nadie más en mi vida, solo a mi familia y viajar. El mundo era demasiado grande como para estar atrapada en un lugar lleno de gente que me maltrataba psicológicamente día tras día.

    Mi alma se sentía presa, inquieta y asustada.

    Los únicos momentos en los que mi alma estaba realmente en paz eran cuando estaba sola, o cuando estaba viajando. Esa es mi verdad, incluso ahora.

    Cuando viajo, siento una libertad difícil de explicar con palabras. Mis padres siempre decían que la mejor forma de aprender y crecer como personas es viajando. Conociendo lugares, culturas, modos de vida y comida diferentes; así uno enriquece su mente y alma, porque el mundo es demasiado grande y cada rincón tiene sus propios encantos, su propio aire y su propia energía.

    “Prueba siempre la comida local, conversa con los habitantes del sitio que visitas, escucha atentamente las historias que te cuentan los mayores, aprende la historia del lugar donde estás parada, respira profundamente ese aire porque no se volverá a repetir, aprende otro idioma para que puedas comprender a otros y, sobre todo, respeta, respeta siempre a las personas que te rodean, sus costumbres y su historia”.

    Todo lo que uno aprende viajando se aplica en la vida diaria: respeto, conocimiento, comer todo lo que te sirven, adaptación, paciencia, tolerancia, disfrutar momentos y no posesiones, hacer amistades, apreciar la soledad, probar cosas nuevas, encontrar belleza en lo simple, vencer miedos, valorar nuestra salud, y, lo más importante: descubrir de lo que somos capaces. Cuando muera, mi alma estará cien por ciento libre otra vez y mis cenizas volarán entre montañas. Hasta entonces, seguiré trabajando duro para saciar a esta alma viajera e inquieta.

    Una de tantas historias incompletas de viajes. Historia 1/12.

    Autora: María José Montalvo

  • Puntos

    Puntos

    -Mami, ¿has visto mi schaufel amarilla, esa que estaba en la sandkiste?”-me dice Sofía, mirándome con sus ojos grandes y luminosos, esperando una respuesta que solucione su problema.

    -No te entiendo si me hablas así todo mezclado… ¡y tanto alemán ME DA PUNTOS!

    -oooookeeeiiii…Mami, ¿has visto mi palita amarilla, la que estaba en el arenero?

    ¡ME DA PUNTOS!

    Ésta es mi arma especial para que en mi casa se hable más español. Al vivir en Alemania ya hace bastantes años, tener amigos alemanes, televisión y radio en alemán, y ser parte activa de la sociedad alemana, el idioma que más escuchamos y hablamos es, obviamente, el alemán.

    Nací en Chile y crecí en mi lindo Ecuador. Soy latina de corazón y sangre. Fui al colegio alemán, en el que no me fue tan bien…es más, me fue bien mal, por el idioma por supuesto. En sexto grado me dieron el pase de año condicional, si cambiaba de colegio. Juré nunca más hablar alemán… ¡nunca más! Pues bien, no resultó. Conocí a mi esposo, un chico alemán, en un intercambio de la universidad en USA. Entre nosotros seguimos hablando en inglés, pues éste fue el idioma en el que nos conocimos (de mi alemán aprendido en el colegio, quedaba la nada misma). Tomé cursos de alemán, desde cero. Al inicio mis clases eran de seis horas diarias, luego aprendí con la tele y conversando con mis nuevas amigas alemanas, con quienes no sólo aprendía a soltar la lengua, sino gramática y frases coloquiales.  Ahora lo entiendo y lo hablo bien, con errores -que no me importan mucho- y mi acento latino bien puesto -por el que me piropean y diferencian-. Me comunico y desenvuelvo perfectamente así.

    Soy mamá a tiempo completo de mis cuatro amores, cada uno distinto y maravilloso. Ser mamá es mi mayor privilegio, mi gran suerte. Cuando mis hijos eran pequeños, pasábamos mucho tiempo juntos y hablábamos solamente en español.  Al entrar al jardín de infantes, lo hicieron con poco o nada de alemán, pues el tiempo que mi esposo pasaba con los niños era mucho menos que yo, por su trabajo. A medida que pasaba el tiempo, entre actividades y amistades, el alemán fue aumentando y ganando terreno…tanto, que a veces me abombaba. Aclaro, no tengo nada en contra del alemán, pero tengo mucho a favor del español.  

    En mi casa se hablan tres idiomas: alemán y español perfectos -de acuerdo a las edades, claro está­- y el inglés, todavía en construcción. Es una gran mezcla, y estamos orgullosos de nuestro logro. Es mucho más trabajo, pero vale la pena. Si mis hijos me hablan a mí, me hablan en español. Si le hablan a papá, en alemán -aunque él también habla español sin mucho problema-. Entre ellos, el idioma que escogen va de acuerdo a la actividad que hacen: cosas aprendidas en casa, en español; mientras que juegos o canciones traídos de afuera, en alemán.  Cuando comemos, se hablan los tres idiomas al mismo tiempo. “Me pasas, por favor, el pan” “Papi, ich möchte gerne ein Brot mit Butter essen” “Would you like some more juice?”. Gracioso es cuando vienen visitas, pues entienden solo partes de lo que pasa y veo sus caras de confusión. Algunos de ellos ya han empezado clases de español. Maravilla. Buena influencia.

    He hablado con muchas personas sobre este tema, especialmente con “familias internacionales”, donde uno de los integrantes habla otro idioma como idioma materno. Muy pocas de estas familias han logrado que se mantenga activo el segundo idioma. Muchas veces los niños prefieren contestar solamente en alemán, aunque entienden todo. Hay muchas razones que he escuchado: el idioma no es lo suficientemente interesante para el niño, mucho trabajo, falta de tiempo, pereza, motivación, entre otros. Al final, pienso yo, es una gran pérdida. Yo estoy convencida que de la mano del idioma va la cultura. Uno se expresa diferente en otros idiomas:  el trato es diferente, el sentido del humor, la música, el baile… ¡hasta el tono de voz cambia!

    Mis hijos son mitad latinos y mitad alemanes, y cada uno se siente y lo siente diferente. Ése es su derecho, es como se identifican. Tienen una mezcla interesante de dos culturas maravillosas y totalmente diferentes, dos formas diferentes de ver la vida. Mis hijos tienen la gran suerte -y la gran ventaja- de saber combinar dos mundos. Con estos tres idiomas tan importantes, se pueden desenvolver sin problemas en la mayoría de países en la parte occidental del mundo. Les ha dado flexibilidad, una mente abierta, y expandido sus horizontes. Todo esto lo utilizarán para convertir este mundo en un lugar mejor. Es uno de los mejores legados que les puedo dejar.

    Mientras tanto, yo sigo mi camino. Mi camino ha dejado de ser MI camino y se ha convertido en un camino conjunto, siempre acompañada de mis satélites, esos que leen los textos que escribo y me los corrigen, con un tono de dulzura y picardía en su voz. “Mami, no es ein sino einen” Nunca lo lograré… Tampoco me hago lío. Uno de mis primeros profesores de alemán hablaba sobre los artículos en alemán… para algunos hay reglas; para los otros, memoria o suerte.  Así me siento…entre memoria y suerte. Y los PUNTOS seguirán viniendo, y yo seguiré luchando con cariño y alegría en su contra, para mantener mi “isla latina” en este extenso y profundo mar.

    Autora: Florencia Montenegro.

    Una de tantas historias incompletas sobre mujeres. Historia 1/12