Etiqueta: Cristina Alcázar

  • Cerrando los ojos.

    Cerrando los ojos.

    – ¡El abuelo fue engañado, nunca hubiera hecho eso en sus cinco sentidos!

    Alicia escucha a uno de sus sobrinos gritar esta frase al estar discutiendo la herencia de su padre… y se pregunta a sí misma: ¿Cómo pueden llegar a afirmar semejante cosa? ¿Hasta dónde puede llegar su ambición?

    Ella puede sentir con mayor dolor la ausencia de sus padres y le decepciona que la codicia corrompa los corazones de la familia.

    – ¡Si no aceptan nuestra propuesta no habrá trato! ¡Preferimos morirnos sin un solo centavo a que ustedes se salgan con la suya! (dice otro sobrino de Alicia)

    Lo único que se escucha en la sala son gritos. Alicia decide cerrar los ojos por un momento… los gritos se desvanecen hasta que son reemplazados por villancicos navideños… ve a sus hijos abrazando a sus abuelos en aquellos tiempos en los que sus padres aún vivían y la Navidad invadía de felicidad a toda la familia. Ve a sus hermanos, hermanastros y sobrinos uniéndose a los villancicos mientras sostienen unas bengalas. Siente tan real el calor de la familia, la felicidad de sus padres y la armonía que todos mostraban frente a ellos en esta época.

    En un pequeño departamento de apenas dos cuartos, Carlos siente una inmensa soledad… el silencio insoportable de las paredes blancas y la ausencia de sus seres queridos perturban su estabilidad emocional. Cierra sus ojos y recuerda la que alguna vez fue su casa… sus grandes y hermosos espacios verdes, su cancha de básquet, en la que tanto disfrutaba jugar con sus amigos y familia, la sauna que le producía gran placer y los gritos de sus nietos que hacían eco en los altos techos de su hogar, cuando se emocionaban al abrir los regalos de navidad.

    Al norte de Quito, Analía llega cansada a casa, después de un extenuante día en el hospital acompañando a su madre, de 88 años, que acaba de salir de una cirugía en la que le removieron un tumor cancerígeno de su lengua. Es la segunda ocasión en la que su madre tiene cáncer. Analía no puede evitar preocuparse. El proceso extenso y complicado que conlleva el acompañamiento a su madre en todo: exámenes, cirugías, tratamientos y trámites burocráticos, le causan un gran agobio y tristeza. Sin embargo, se aferra a la esperanza de que su madre logrará vencer nuevamente esta enfermedad.

    En su cama, Analía cierra los ojos y recuerda aquellos tiempos más sencillos en los que sus padres aún eran jóvenes. Casi saborea con exactitud el delicioso sabor de los buñuelos con miel que preparaba su mamá en Navidad y ese olor trae consigo la imagen de toda su familia reunida en una gran mesa.

    En Oriente Medio, Lili aún no se recupera de una cirugía facial. El lado derecho de su cara se encuentra paralizado y su sonrisa, que tanto le caracteriza, se ve limitada físicamente por su afección. Su esposo ha pedido permiso en su trabajo para ayudarla en su recuperación, ya que ellos están lejos de su familia y amigos. Lili, a pesar de su dolor y angustia, no puede evitar sentir la preocupación de sus cuatro hijos y, con gran esfuerzo, finge no sentir sufrimiento. Intenta escapar un momento de su realidad y cierra sus ojos… sus memorias la llevan a aquellos días en que estaba en su país natal, disfrutando de ser la anfitriona de unas maravillosas fiestas navideñas. Se ve rodeada de su familia: sus hijos, esposo, padres, suegros, hermanos, abuelos, tíos, primos, sobrinos y cuñadas. Sí que eran concurridas sus fiestas. Ella puede sentir con plenitud el regocijo de tener a su familia cerca. Siente como su piel se eriza con el contacto físico de todos sus seres queridos, con cada beso y cada abrazo. ¡Ella no puede dejar de sonreír!

    Hago una pausa y observo mi departamento lleno de decoraciones navideñas… siento un gran vacío interior. No dejo de pensar en que las cosas materiales han ido reemplazando los verdaderos momentos de felicidad. Siento el divorcio de mis padres con más fuerza en estas fechas. Sé que ellos han encontrado paz al estar separados, pero hay una parte de mí un poco egoísta que quisiera verlos juntos nuevamente. Miro a mis hijos y me abruma la incapacidad de impresionarse fácilmente con la simpleza de la vida, a diferencia de como lo hacía yo en mi infancia.

    Los abrazos, los besos y las celebraciones familiares se han visto reducidos a causa del virus. Ahora todo es mucho más complicado y me cuesta lograr encontrar momentos de regocijo.

    Una rápida reflexión me lleva a concluir que mis problemas son pequeños comparados a los de mis personajes. Me obligo a cerrar los ojos como ellos y sin esfuerzo puedo ver a Alicia recibiendo finalmente la herencia merecida de su padre después de 20 años de su muerte. Ahora puedo verla redescubriendo el mundo a su manera, viajando con sus seres queridos en Navidad, con el convencimiento de que las fiestas están donde exista gozo y amor, sin importar el lugar del mundo donde estés.

    Veo a Carlos viviendo en una nueva versión de su casa anhelada, saliendo del turco en su baño master y riendo a carcajadas al ver a sus hijos y nietos metidos en su cama, esperando por él para ver una película de Navidad.

    Puedo ver a Analía con su familia y sus padres gozando de una gran salud. Todos sentados en una mesa hermosamente decorada, endulzando su velada con unos deliciosos buñuelos hechos por ella con la receta que su madre le enseñó.

    Alcanzo a divisar a Lili, visitando a su familia en su país natal, esta vez en la casa de su tía, disfrutando de aquellos abrazos y besos que tanto le hacían falta. Su sonrisa deslumbra con mayor fuerza que antes.

    Finalmente me veo a mí, en una realidad lejos de ser perfecta, pero con vientos de satisfacción. Intentando enseñar a mis hijos manualidades navideñas, compartiendo las fiestas con mis diferentes seres queridos… abrazándolos en grupos pequeños y disfrutándolos en distintos tiempos, pero con la misma intensidad.

    El primer paso es cerrar los ojos…

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autora: Cristina Alcázar

  • Historia de fútbol

    Historia de fútbol

    Siento que desvanezco, no logro recordar cuáles eran mis pasiones o si alguna vez tuve ganas de luchar por algo. Tengo un letargo emocional. Decido revisar mis antiguos diarios buscando mover algo dentro de mí. Tomo el último del montón y hago un recorrido por las páginas hasta que llego a una que me llama la atención por su fecha: Julio de 1999.

    Hago un cálculo rápido y me ubico a los 11 años…. continúo leyendo, percatándome que en aquella época también me gustaba escribir en presente:

    Hoy fue un día especial. Estoy impaciente por acabar mi última tarea para poder salir a jugar. Finalmente, las cuatro de la tarde, me pongo un short, una camiseta y mis medias y zapatos deportivos. Hoy es el día. Salgo de mi departamento corriendo apresurada, viendo que todos los niños ya se han ido de la cuchara del barrio, seguramente ya están en la cancha. Estoy a cinco cuadras, ojalá llegue a tiempo.

    Por fin llegué… están formando los equipos… súper apresurada llego y pregunto: ¿puedo jugar?

    No Cris… ¿cuántas veces tenemos que decirte que solo los hombres jugamos fútbol? ¿Por qué mejor no te vas a jugar a las muñecas con las demás niñas.

    Tengo tantas ganas de patearle y decirle “ándate tú”, pero en vez de eso respiro…

    Axel, y cuántas veces tengo que decirte yo que no me gusta jugar a las muñecas y la única razón por la que no quieres dejarme jugar es porque tienes miedo de que sea mejor que tú y te haga quedar mal.

    Sí, claro, como que si la ñiñita pudiera patear.

    -Déjenme jugar esta única vez… si soy mala, nunca más me dejan jugar.

    Ya Axel, déjale jugar, siempre viene a pedir lo mismo y siempre le dices que no, ya démosle una oportunidad.

    Gracias Francisco, te prometo que no te voy a decepcionar.

    Bueno Cris, pero te advertimos que jugamos duro, si te damos algún balonazo no te enojes con nosotros, no me gustaría verte llorar.

    Sé que es un comentario un poco machista, pero no puedo evitar pensar en lo lindo que es Francisco. Me encanta que se porte como un caballerito (como diría mi abuelita). Él es tan dulce, siempre trata de llevarse bien con todos. Es menor a mi por un año, pero por alguna razón me gusta mucho. Su cabello largo tipo hongo hace que parezca un actor de telenovela, sus ojos rasgados color miel le dan una mirada de ternura, y cada vez que sonríe me da ganas de robarle un beso. Pero tengo que regresar a lo importante: ¡mi misión esta vez es demostrarles que puedo jugar futbol!

    -Tranquilo Francisco, si me dan un balonazo te prometo que no voy a llorar, ¡ya estoy acostumbrada! … ¿En qué equipo voy?

    Que vaya en el tuyo Francisco, yo no quiero perder.

    Ok Cris, tu vienes conmigo, pero si ganamos Axel tú nos invitas a las colas.

    El partido empieza… Francisco hace el saque desde la media cancha y me pasa el balón (seguro me lo dio a mi porque yo también le gusto).  Un poco nerviosa, pienso en no defraudarle, pero inesperadamente viene un niño y me quita el balón, avanza hacia la delantera. No puedo quedar mal, así que corro con todas mis fuerzas hasta alcanzar a aquel niño, hago una barrida y se lo vuelvo a quitar… veo un niño de mi equipo pidiendo el balón en la media cancha, hago un pase largo, un poco alto y llega perfectamente a él… avanzo hacia la delantera y pido nuevamente que me lo pase, el niño con cara de desconfiado no me lo da, y le hace el pase a Francisco que está a su lado izquierdo. Axel viene enseguida a cubrir a Francisco y lo acorrala. El otro niño también está cubierto. Yo quiero demostrar que puedo… me acerco a Francisco, le pido el pase. Él, sin dudarlo, me lo da… ahora está en mi posesión el balón… Axel se me acerca, logro esquivarlo, todos los niños gritan “oleeeeeeee” , me vuelve a cubrir aquel niño que no recuerdo su nombre, levanto el balón y le hago un sombrerito, el balón pasa por encima de su cabeza, corro y vuelvo a recuperar el balón… escucho a todos los niños nuevamente gritando “oleeeee”. Estoy en la delantera y Francisco está a mi lado izquierdo… no sé si pasarle el balón para que él haga el gol o lucirme para tener un éxito completo. Decido pasárselo porque no puedo evitar pensar en lo lindo y bueno que es conmigo, pero para mi sorpresa, Francisco no patea al arco, me lo vuelve a pasar a mí, me guiña el ojo y yo me siento ¡super poderosa!… le doy tan fuerte que el arquero no puede ni reaccionar… la pelota está dentro del arco. Todos en mi equipo gritan “gooooooooooooool”.  Francisco se acerca a abrazarme, los demás niños me dan una palmadita en la espalda o un “chócale”. ¡Me siento increíble! ¡Francisco me abrazó! ¡Este día no puede ser mejor!  

    Es tiempo de que el otro equipo saque desde la media cancha. Le dan el balón a Axel, está furioso, me mira y con todas las fuerzas del mundo patea el balón y me da justo en la boca (la combinación de un balonazo y Brackets en la boca dan como resultado un episodio de sangre). Todos los niños le reclaman a Axel:  “qué te pasa loco”, pero yo no quiero un trato diferente. Me seco la sangre e intento no llorar y les grito a todos : “¡Estoy bien!, ¡sigamos jugando!”. Ahora yo también estoy furiosa. Carlitos, de mi equipo, me pasa la bola y me susurra: “Dale Cris, anda con todo”. Esas palabras me dan el impulso y siento que una fuerza y habilidad extraordinaria me posee. Para hacer la historia más corta, bailé a cinco niños que intentaron quitarme el balón y nuevamente metí un gol. Todos gritan “goooooooooool”. El partido se acaba y soy felicitada por todos los niños de mi barrio escuchando todo lo que siempre he querido escuchar:

    -Cris juegas increíble, mejor que todos nosotros.

    – Muy bien Cris, nos diste una lección.

    -Gracias amigos.

    -Cris te esperamos en el próximo partido, tú ya eres titular, no vayas a faltar.

    -Ahí estaré Francisco, gracias (creo que estoy enamorada).

    -Bien Cris, olvídate de las muñecas, esto es lo tuyo.

    -Gracias Axel (lo tomaré como una disculpa).

    Hoy fue un excelente día. Logré demostrar a todos que una niña puede jugar igual o mejor que ellos.

    Termino de leer esta página de mi diario y ruedan por mis mejillas lágrimas de emoción. Vuelvo a sentir lo que era ser niña. Me reencuentro con esas ganas de luchar por lo que era importante para mí. Esa tenacidad y seguridad que tenía para cumplir mis sueños me ha despertado del letargo emocional en el que me encontraba. De repente, ya no me siento tan perdida. Agarro mi celular, hago una llamada a mi mejor amigo.

    -Francisco, ¡prepárate! La tarde está perfecta para jugar fútbol, ¡organicemos un partido!

    Una de tantas historias sobre infancia. Historia 7/12.

    Autora: Cristina Alcázar

  • Mañana quizás

    Mañana quizás

    Son las seis de la tarde, entro sigilosamente al departamento con las compras habituales de la semana y lo veo a él cocinando la cena para nuestros hijos. “Qué buen padre es”, no puedo evitar pensarlo. Admiro su entrega hacia ellos; podría estar acostado en la cama o perdido en su celular, pero en vez de eso está ahí, repartiendo amor, escuchando con suma atención lo que nuestros hijos le cuentan. Y de pronto se me cruza el recuerdo del día de ayer, cuando recibí una llamada que me partió el corazón. Mi celular estaba a punto de descargarse, así que me senté en el suelo cerca del enchufe, mi cargador apenas mide 30 cm de largo. Y ahí, mientras sentía el suelo frío de las noches de invierno, escuchando una noticia desgarradora, le veía a él, frente a mí, como de costumbre, perdido en su celular, sin mirarme, sin escuchar con atención mis palabras; se me escapa una pequeña lágrima, pero él no lo nota. 

    Termino la llamada y él, en tono indiferente, me pregunta “¿qué le pasó a tu hermana?”. Yo, una vez más, noto su insensibilidad, su falta de empatía, su incapacidad para mostrar inteligencia emocional… y quiero gritarle, sacudirle, decirle lo irritable que me resulta su incapacidad de sentir mi dolor… quisiera decirle cuánto me desespera su ineptitud para adivinar mi necesidad de un abrazo, de que me mire a los ojos y suelte ese maldito celular… quiero decirle que es un cadáver incapaz de transmitir amor a través de una mirada, que en vez de ojos parece tener botones y que su alma pareciera ser reemplazada por un software programado para decir una serie de palabras que cumplen con la funcionalidad de satisfacer al cliente. Decirle que esas palabras carecen de emociones, de sentido, carecen de núcleo y movimiento. Son palabras vacías, sueltas en el aire, palabras que no se dirigen a ningún lado.  

    Quisiera deshacerme de las ganas que tengo de lanzarle un objeto, no una almohada, no, algo duro, consistente, que le quite esa impavidez, que le despierte de su letargo emocional, que le sacuda sus entrañas para ver si vuelve a estar conmigo, porque su cuerpo está, pero él no, o al menos yo no lo siento. 

    Quisiera gritarle eufóricamente que en tantos años de estar juntos nunca me he sentido escuchada, que él es la última persona con la que quisiera hablar porque siento que la pared tiene aún más conciencia.  

    Quisiera, quisiera, ¡quisieraaaaaaa!… Pero, en vez de eso, escucho de nuevo la pregunta “¿qué le paso a tu hermana?”.  

     “Nada importante mi vida”, le respondo de una manera plana, fría, como si estuviera acostumbrada a repetirla un millón de veces. Él, sin despegar la mirada de su celular, ni si quiera nota que salgo de la habitación.  

    Y ahora vuelvo a este momento, estamos todos en la cocina. Yo acabo de guardar la última funda de compras en la alacena, él está limpiando la carita de nuestra hija embarrada de salsa de espagueti, mientras pretende reírse de uno de los tantos malos chistes que cuenta nuestro pequeño. Todos nos reímos. 

    Hoy no es el momento, mañana quizás me atreva a dejarlo.

    Autora: Cristina Alcázar.