Día: 15 de octubre de 2020

  • La cama de agua

    La cama de agua

    Diciembre del 2011, suena mi despertador, 4 AM, debo alistarme pronto para llegar a tiempo al aeropuerto. Menos mal viajo con mi amiga para realizar este estudio de mercado. Los investigadores dirán ¿en diciembre? Pues sí, temas ajenos a nuestra voluntad hicieron que fijemos esa fecha. Un viaje que realmente no nos entusiasmaba por la realidad política del país. Sin embargo, allá íbamos, con actitud positiva y dispuestas a realizar nuestro mejor trabajo.

    El dueño de la empresa en la que trabajábamos era gran amigo de un cantante ex integrante de la banda hispana más famosa de los 80, que, por razones que no conocíamos, sin ser oriundo de Caracas, tenía un apartamento en uno de los lugares más exclusivos, Altamira…

    Con la llave en la mano nos dirigimos al lugar luego de un viaje tranquilo y sin contratiempos…

    Al llegar, las cosas no pintaban bien, parecía abandonado por fuera, y nuestra sensación de seguridad y tranquilidad de hospedarnos allí se desvaneció por completo cuando abrimos la puerta… Telarañas, polvo y un olor indescriptible a olvido, abandono y soledad invadían todo el ambiente. Al revisar cada habitación se veían cosas sin arreglar, daba la sensación de que los últimos inquilinos salieron por una emergencia y nunca más volvieron.

    Ante tremenda sorpresa no podíamos instalarnos, de hecho, mientras pensábamos qué hacer, nos sentamos en la sala y tuvimos que levantarnos inmediatamente pues el polvo nos dio la bienvenida con una ola blanca y alta, que, en lugar de alegrarnos, nos hizo salir en estampida… Ya en el taxi, con las llaves de la fortuna, prendimos nuestros celulares y pudimos llamar al dueño de la empresa para contarle que no nos íbamos a hospedar en el apartamento que muy amablemente le ofreció su amigo… Todo apenado y sin poder explicar lo ocurrido terminó la conversación.

    Lo que teníamos que hacer de inmediato era buscar un buen hotel para poder desayunar (a la 1 PM) y así continuar nuestra agenda de trabajo. Fuimos buscando hoteles a lo largo del trayecto. Luego de 10, sin habitaciones disponibles, nos dimos cuenta de que la fecha no solo era mala para hacer estudio de mercado sino para viajar a Caracas, una cumbre de la CELAC tendría lugar al día siguiente, delegaciones de todos los países invadían la ciudad. Sin aguantar más el dolor de cabeza, fruto de no haber probado un buen bocado desde muy temprano, realizamos una parada… Maletas y dólares en mano, menos mal el taxista y muchos lugares aceptaban es moneda, fuimos a desayunar junto a nuestro ‘mejor amigo’ en ese momento: “Google”. Mientras comíamos se aliviaba nuestro dolor de cabeza y nuestra lucidez para planear salidas… Tras llamar a un sin número de hoteles no encontramos habitaciones, ni tan siquiera en los resorts ubicados a 1 hora de la ciudad…. Nuestra búsqueda desesperada no daba resultados.

    Nuevamente en el taxi emprendimos una búsqueda de lugares con menos estrellas, que tampoco fructificaba, sin darnos cuenta que estaba ya oscureciendo. Llevábamos 6 horas dando vueltas sin rumbo, hasta que la taxista (una bella mujer) nos sugirió quedarnos en un Motel… Cansadas, desesperadas y con ansias de darnos un baño, nos miramos y dijimos: “Por favor, que sea el mejor que conoce”.

    Llegamos al lugar jalando las maletas, solo el ruido de las ruedas hablaba mientras nos guiaban hacia la mejor habitación. En realidad, luego de lo que habíamos visto por la mañana, era deslumbrante: una cama inmensa de agua color rojo nos esperaba; espejos en todos lados nos recibían; y tenía un jacuzzi. Algunas sillas raras nos servían para colocar las maletas. Necesitábamos una ducha urgente… ¡Dios mío! ¿Cómo me baño si no hay puerta? Fue lo primero que pensé.

    Amanecimos ambas en la cama de agua, con ojeras y meditabundas, sin saber si en este nuevo día que empezábamos nuestra búsqueda interminable daría sus frutos. Apresuradas en salir, nuevamente el sonido de las ruedas de nuestras maletas era lo único que se escuchaba. El taxi nos esperaba para llevarnos a desayunar al mejor lugar de arepas, que sin duda nos aliviaría las penas, y, además, al fin podríamos encontrarnos con el dueño de la empresa que organizaba la logística del estudio de mercado. No esperamos ni que se presentara para darle un abrazo y contarle nuestra indescriptible odisea… Se convirtió en nuestro guía y ocupó el puesto de ‘mejor amigo’ a partir de ese momento…

    La cumbre estaba en su apogeo; siendo el primer día no teníamos esperanza de encontrar habitación y psicológicamente nos estábamos preparando para regresar y dormir en nuestra inmensa cama roja de agua. Al terminar la jornada de trabajo, luego de un delicioso almuerzo con nuestro mejor amigo, nos dice que fue muy difícil conseguir habitaciones, pero luego de la participación de un delegado, un par de asistentes dejaron 2 libres en un hotel de la ciudad. ¡Lo logró! Teníamos reservas, pero debíamos llegar de inmediato.

    Llegamos al hotel llamado ‘Presidente’. Mientras nos guiaban a las habitaciones, nuevamente se escuchaba el sonido de las ruedas de las maletas, pero esta vez, con seguridad, mi habitación no tendría la inmensa cama roja de agua, ni espejos en el techo.

    Una de tantas historias sobre viajes. Historia 7/12

    Autora: Katya Oña

  • En aquel momento

    En aquel momento

    En aquel momento de mi vida me sentía bien, completa, sabia. Compartía la cotidianidad de mis días con los mejores amigos que uno puede desear. Sentía que entendía el mundo en su totalidad, siendo parte de él y de sus fuerzas sutiles.

    Estaba en Sagitario, de viaje, explorando el mundo y explorándome, segura de mi trabajo y del poder del mismo como un regalo para el Universo… lo mínimo que podía aportar frente a las bondades que este nos ofrece.

    Poco a poco empecé a sentir que esta calma precedía a una gran tormenta. Una tormenta devastadora que tocaría lo más profundo de mi ser y el corazón de mi hogar, el de la familia en donde uno se siente seguro, quizás tan seguro que debemos salir corriendo de ahí para conocernos. Irnos al lado opuesto del continente, dejar el núcleo y cerrarnos, en gran medida a sus problemas para encontrar los nuestros propios.

    Cuando te di la noticia de que había conseguido la beca y que finalmente me iría a vivir junto al mar me preguntaste: “¿Segura Vale? No es obligación irse”. Y lanzaste una carcajada mediante la cual tu alma, previendo su destino me decía “quédate, acompáñame, me siento sola, te necesito”. Pero fuiste tú misma quien, paradójica y generosamente, me dejaste a la puerta de esa gran aventura.

    Y ahora me vuelve al pecho aquella sensación que, viendo al mar, me alertaba de una crudeza aún no experimentada.

    Inicios de septiembre del 2017, suena el teléfono: “Tu gatita murió (me acompañó desde niña). Aparentemente aquellas bolitas que tenía en sus mamas eran cáncer que llegó hasta sus pulmones. La encontramos tosiendo sangre con mucha dificultad para respirar”.

    Finales de septiembre del 2017, otra llamada: “Tu abuelo murió… estaba ya delicado en el hospital, sufrió un paro respiratorio”.

    En la playa dibujé un espiral de partículas mediante las cuales incorporaba y entendía que ahora él estaba en todas partes. La semana anterior a su muerte me contaba que había visto alguna cuestión sobre Fortaleza en la TV. Nos sentimos más cerca el uno del otro y me entraron unas ganas enormes de tenerlo conmigo y llevarlo de un lado para el otro de la playa y la ciudad, disfrutando de horas de conversación. Una semana después lo sentía ahí, a mi lado, en cada partícula de mi cuerpo y de mi entorno.

    Sin embargo, aún después de sentir esta muerte más o menos integrada, aquella angustia en mi pecho decía que lo más duro estaba por ocurrir.

    Inicios de noviembre del 2017, escuché tu voz: “Me entregaron unos exámenes que me hice hace un tiempo, dicen que tengo cáncer y que ya está en estado de metástasis en el pulmón”.

    Cáncer de tipo basal de mama triple negativo, adenomioepitelioma, con diseminación a ganglios linfáticos y probablemente en pulmones fue el diagnóstico exacto.

    Dos semanas después estuve de vuelta en Ecuador, mi único deseo era estar junto a ti.

    Lo que sucedió entre noviembre del 2017 y febrero del 2019 fue el proceso de degeneración de una persona que pasa de su total movilidad y lucidez a una mirada perdida ya presente en otro plano de la realidad. Un cuerpo transformado en palabras no expresadas debido a una incapacidad cerebral y en balbuceos desesperados por querer comunicar algo importante antes de morir. Cuerpo en deterioro exponencial acompañado de unas ganas de vivir y de una fuerza nunca antes vistas. Y, lo mejor que yo pude hacer en aquel momento fue perderme en el amor de un hombre que me nublaba la vista frente a esa crudeza que no quería, no soportaba ver.

    Sin mi Madre presente físicamente siento que algunas bases importantes en mí se han derrumbado. Me hacen falta su voz y su temperatura, aunque mi piel la guarde perfectamente en su memoria. Recuerdo aquel momento en que decidí grabarla para siempre en mí, consciente de que no habría vuelta atrás. Extraño aquel abrazo indispensable, su enorme entendimiento y consejos precisos.

    Todavía no recupero la confianza en mí, me siento insegura y poco creativa. Me cuesta entender mi trabajo anterior, aquel que con tanto amor hice y entregué al universo. Lo siento inútil, banal y superficial ya que de alguna forma no entiende la crudeza de la vida, aquella realidad dual, hermosa y siempre amenazada por el dolor y la muerte.

    Nancy Susana Vásconez Miño, te amo con todo mi ser.

    Una de tantas historias de viajes. Historia 6/12.

    Autora: Valeria León Vásconez