Día: 18 de mayo de 2020

  • El primer Apocalipsis de Nico

    El primer Apocalipsis de Nico

    Pre pandemia:

    Nico tiene 9 años y desde pequeño fue muy activo, no paraba ni un segundo. Siempre corriendo. Sentarse a almorzar era para marearse, se levantaba de la mesa a cada momento, daba unas cuantas vueltas y se sentaba a seguir comiendo. Llamaban de la escuela, “Señora, Nico termina de hacer una actividad, se levanta y sale del aula a jugar sin decir nada a nadie, sin pedir permiso. No sigue las normas”. “Dios mío, ¿está haciendo mal sus tareas? ¿No está aprendiendo?”. “De hecho absorbe muy bien la clase impartida, parece que no me está prestando atención, pero cuando le pregunto algo sabe la respuesta. Cuando termina una actividad, se aburre esperando que los demás terminen, creo que por eso simplemente coge el camino y se va”.

    Nico creció haciendo varias actividades extras, bajo recomendación de expertos, pues era incansable. A parte de la escuela, tenía clases de música dos días a la semana, clases de baloncesto dos días a la semana; y desde que era bebé aprendió dos idiomas.

    Para mantenerse divertidos durante los largos viajes en auto, él y su madre decidieron aprender juntos un nuevo idioma. A Nico le divertía mucho pronunciar muy bien las canciones de pop en chino y de memoria, mientras su madre no daba pie con bola. Solían leer los números de placa de los autos en chino y era muy divertido. Con su papi, las actividades físicas eran lo máximo. Salían a caminar con su perro “Légolas” e iban a la piscina.

    Hace un año descubrió la magia de Fortnite y creó una comunidad en línea con sus compañeros de la escuela, jugaba sólo sábados y domingos en la tarde. Su energía siempre fue interminable, sociable a morir y su alegría era infinita; sus 10 horas de sueño por las noches contribuían mucho en eso. Para su madre la clave era el balance.

    Durante la pandemia:

    Nico se siente atrapado y no quiere hacer nada. Todo le molesta. Empezó a dedicarle muchas horas a los juegos de video; jugaba en línea con sus compañeros de clase y les sentía cerca, pero su estado de ánimo empezó a cambiar. Sus padres tuvieron que restringir su tiempo de juego. Cualquier cosa que le pedían que haga contestaba con gritos. Un día llorando y gritando le dijo a su mamá que lo único que quiere es volver a la escuela y jugar con sus amigos. ¡Qué impotencia! De nuevo a consultar a expertos y cambiar todo el esquema.

    Su madre recibió comentarios de amistades tales como “Ay, es que al pobre siempre le tuviste saturado de actividades, por eso está así”; “Lo que está pasando debería hacerte pensar que a Nico le obligabas a hacer muchas cosas, y eso debía parar, es un llamado para ti”.

    Su madre se descolocó. ¿Era mi culpa lo que estaba pasando? ¿Esclavicé a mi hijo por cultivar su gusto por la música? ¿Esclavicé a mi hijo por ponerle en clases de su deporte favorito? ¿Fue crueldad infantil enseñarle dos idiomas? ¿Soy una bestia porque empezamos a aprender chino juntos? Lloró, lloró mucho. Se sintió culpable por el sufrimiento de su hijo, por un momento creyó lo que los demás veían desde afuera. Cuando su hijo se durmió habló con su esposo y llorando le expuso sus fallas y la conclusión que sus amistades tenían sobre la actitud actual de Nico. Como siempre, sólo necesitó una frase suya para volver a la realidad, para encontrar su norte de nuevo.

    Esperó dos días y mientras jugaban se sentó frente a Nico y le dijo “mi amor, me gustaría que hagamos un break con música y chino, ¿qué te parece si descansamos un tiempo?” “¿¡Mami qué te pasa!? ¿¡Por qué me dices eso!? ¡Ya estás como mis amigos que piensan que tú me obligas a aprender!” “¡No quiero dejar mis actividades, lo único que quiero es volver a mi vida normal, quiero mi vida de vuelta!”

    Nico acaba de cumplir 10 años y lleva casi 2 meses encerrado, se le nota más tranquilo, más sereno. Ya se está acostumbrando a su nueva vida. Incluso decidió por cuenta propia dar tutorías a un compañero de música que tuvo de dejar sus clases virtuales; Nico no quiso que su compañero se quede sin la oportunidad de aprender. Su madre se siente muy orgullosa de él.

    El otro día Nico le dijo: “Mami, quiero aprender italiano, hoy empiezo las lecciones” y lo primero que ella pensó fue “mierda, ahora si me van a caer todos”.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 12/12

    Autora: María José Montalvo

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